Deje que me presente. Mi nombre es “vela mayor”… la vela mayor de un barco de clase America’s Cup, para ser exactos. Es un apellido ilustre, y le dirá mucho de mi pedigrí y del tipo de presión a la que estoy sometida. Junto a mi hermano, el génova, y mi primo el spinnaker, somos un poco como el corazón y los músculos de los purasangre que compiten por el trofeo deportivo más antiguo del mundo. De no ser por nosotros, los barcos a vela no existirían y, por tanto, no habría regatas. Mi esperanza de vida es muy limitada, pero disfruto de una existencia apasionante.
Todo comienza como una idea en la cabeza de mis creadores, los diseñadores de velas. Antes de crearme, se han tomado su tiempo estudiando a mis gemelas y hablado largo y tendido sobre mi forma, la dirección de mi fibra… Todo lo que básicamente me convierte en una pieza no sólo elegante, sino con buenas prestaciones. Después de horas, días y meses de investigación y trabajo, aquí estoy.
Para acelerar mi crecimiento, me envían a pasar una semana en Nevada, Estados Unidos, con mis amigas las 3DL. Ahí es donde desarrollo mi fabuloso plástico. Cuidan cada pequeño detalle. Me preparan un molde especial, primero instalando una capa de Mylar antes de inyectar fibras de carbono y Kevlar, y recubrir todo con una nueva capa de Mylar. Una horas de cocción bajo una lámpara de infrarrojos, y estoy lista…Bueno, casi lista.
Al volver al cuartel general de Valencia, donde pronto realizaré mi debut, recibo los últimos retoques para adaptarme totalmente al mástil que me han asignado. Me colocan los bolsillos para los sables. Por fin estoy lista para salir a disfrutar de la brisa mediterránea.
Tengo que reunirme con mis nuevos colegas, el mástil y la botavara. Los grinders comienzan a accionar los winches para desplegar mis 200 metros cuadrados de fibra. Desde la primera virada, todo el equipo tiene los ojos fijos en mí. Mi vida como famosa comienza justo aquí. La gente me tira fotos desde cualquier ángulo imaginable, y sé que se espera mucho de mí. De vuelta a tierra, me dan unos retoques finales. Unas cuantas horas de entrenamiento más y estaré lista para mi debut en competición.
Es la mañana del día D, y nuestro equipo estudia las condiciones meteorológicas antes del ‘casting’. ¿Cuál de entre nosotras será la elegida para regatear?. La selección se hace en función de nuestro peso: cuanto más ligero sea el viento, más ligeras tenemos que ser nosotras. Sabiendo que el peso de las velas a bordo está limitado a 650 kg, las suplentes se llevan en la lancha de apoyo. Mi doble, otra vela mayor, está ahí, preparada para reemplazarme en caso de que algo vaya mal.
Bajo cubierta, los spinnakers están un poco estrujados dentro de sus fundas, pero es por su propia seguridad. Eso les protege de las salpicaduras, porque su piel de nylon es más porosa que la nuestra. Con el tiempo, tienden a absorber humedad y cogen peso. Pero su ventaja es que son más fácilmente reparables que nosotras y tienen una vida más larga.
El spinnaker tiene un aspecto magnífico, con sus 500 metros cuadrados desplegados. Pero cuando tiene que arriarse, es otra cosa. Para hacer las cosas un poco más fáciles, la tripulación ha inventado un sistema muy práctico, algo así como un largo calcetín que se coloca en el interior del barco y va de un extremo a otro del casco. Literalmente, succiona el spinnaker con una línea de vida especial, una pieza muy ligera de polipropileno que activan desde cubierta los grinders. En apenas unos segundos, el spinnaker desaparece bajo cubierta.
En tierra, todo el mundo nos presta total atención, pero una vez en el agua, se acabaron las buenas formas. Normalmente nos maltratan con las maniobras, sobre todo a los génovas, que se destensan, retuercen y vuelven a tensar en cada virada. No les contaré en qué estado terminamos después de unas cuantas regatas de más de 20 viradas en cada tramo...
Envejecemos bastante mal. Parece ser que es cuestión de genética: el carbono tiende a dañarse cuando nos arrían, especialmente el de los génovas, y después de tensarnos en todas direcciones, nos arrugamos y perdemos la forma. Tras 150 horas de leal servicio, se acabó el espectáculo. En el caso de los génovas es incluso peor. Su carrera depende del número de viradas que le exigen, y rara vez supera las 200.
Cuando suena la campana de la jubilación, las más afortunadas de nosotras somos recuperadas para acabar nuestros días en un barco de crucero. Lamentablemente, las oportunidades de que esto ocurra son pocas, porque somos demasiado ligeras y hemos sido especialmente moldeadas para la clase America’s Cup, lo que dificulta que nos adapten para la nueva vida.
Los miembros del equipo de veleros intentan reciclar lo más posible usando su imaginación. A veces nos utilizan para decorar edificios, como la base de Luna Rossa, o incluso como cortina de baño o para hacer bolsos. Es una forma un tanto extraña de terminar nuestros días tras una carrera tan glamourosa, podríamos decir, pero lo hacemos sin rencor. Haber disfrutado de esas 150 horas de gloria en una de las regatas más prestigiosas del mundo ha merecido la pena…
Flavie Moloney / J.S.